

Parte de los integrantes de los Talleres Literarios de la CCE en el reciente lanzamiento
Parte del Taller Literario de la CCE en los 8Os, Gustavo Garzón (+), Pablo Salgado y Byron Rodríguez en primera fila.
Atrás, Alfredo Noriega, Francisco Torres Dávila y Margarita Lasso

La Red Cultura Imaginar de Quito en los 90:
Pedro Herrera, Elsie Santillán, Bolívar Flores, Efraín Espinoza, Gladys Azoca Makarios Atahualpa Oviedo y Fabián Vallejos
Clarísimo. O, trataré de entenderme yo mismo, un taller es la reunión de ciertos ingenuos que pretenden escribir otra realidad porque la que existe no es lo suficientemente compleja ni tiene la capacidad de abarcar tantos sueños. O un taller, puede ser, la reunión de doce discípulos con el maestro como eje central para que recorran el camino de la vida, lo llamen el enviado y posteriormente le saquen los ojos, renieguen de él y lo hagan papilla.Bueno todo eso y mucho más es un taller, es la construcción paciente de textos que puedan comunicar aquello que de manera habitual no podemos hacerlo; para ello nos hacemos de las únicas herramientas que tenemos a mano: la palabra, la sensibilidad, la crítica, la observación, la realidad, el terror, el humor, la ironía, la soledad, la historia, el desarraigo, la imaginación, los sueños, la ingenuidad, el erotismo, los colores, el silencio, la literatura, la incertidumbre, la filosofía, la física, las precariedades económicas, las miradas entre compasivas y admiradas de los parientes –en especial de los respectivos compañeros o compañeras cuando se llega a la casa después de trabajar en el taller y decir, entre orgulloso y avergonzado, ésto es lo que hice y se saca una miserable hoja de papel con múltiples tachones y dibujos realizados por el resto de compañeros-; además usamos la sombra, los sonidos, la arquitectura, el agua, el aura, los mitos, la medicina. Es decir tenemos la posibilidad de reinventar el mundo sin necesidad de cobrar nada por ello, y eso nos recrea y nos reconstruye y nos encara y nos eleva o nos envía al abismo, pero siempre de frente hacia lo que constituye nuestra pasión, los textos, la imaginación, la valoración de uno frente a lo que se puede hacer con uno mismo; porque el taller no es una fábrica de escritores es un trabajo de grupo donde se aprende a escribir con paciencia y pasión, con terquedad para adquirir cierta seguridad, y comprender que la literatura no es el catálogo de los buenos escritores, que la poesía no es un decálogo para fabricar imágenes, que la literatura no es un fin en sí misma, es un medio para ser, hacernos y deshacernos. La propuesta fundamental de un taller de literatura es (o debería ser) socializar los medios de creación, dar a conocer las técnicas que nos permiten crear para dar por terminada la división entre el arte y la vida.